viernes, 12 de febrero de 2016

LA PERRA QUE AMAS(1)

Le dije que era guapo, sólo para saber que se iba a morir por mí,  para pasar el rato y después destruirlo, aunque nunca ha sido mi intención.  Soy esa maldita perra que tu madre primero amará y luego querrá crucificar, pero no estoy orgullosa. 

Habían pasado un par de años y estaba harta de la vida de mierda que tenía, yendo a estudiar y viendo las mismas estúpidas caras de mis amigos, que puedo rescatar, al menos me hace reír a veces. Muchas veces soy como “bromista” y otras veces tengo el ademán que ves por las noches antes de ser asesinado en pesadillas. Mis visitas regulares al psicólogo, por insistencia de mi madre, me han vuelto una especie de “enferma mental frustrada”, con tics nerviosos que practico cuando estoy a solas en mi habitación y con cambios de estado de ánimo más rápidos que la primera vez que tuviste sexo.  El verano de aquel año en el que las cosas empezaron a ser más deprimentes, encontré un empleo de part time para poder pagar mis aventuras locas de la vida que me tocó y que, la verdad, a veces disfruto. Estaba muy aburrida ese año y ya empezaba a deprimirme un poco, a llorar por las noches un poco y a hacer como que nada me importa más que yo en el día.

María Pía estaba saliendo con Manuel que estaba en 5to de secundaría y que apenas conocía, pero, el asunto es que teníamos 19 y eso se veía medio raro. Finalmente se tiró al pobre chico en la fiesta de Gonzalo y a mí (a quien había terminado arrastrando) me dejó conversando con un amiguito de Manuel que me estaba preguntando más de la cuenta y con quien fingía que me interesaba la atención que me daba. Se llama Peter y la verdad, me pareció un poco interesante, aunque pudo tratarse de que quería dejarlo alimentar mi ego con sus mensajes insistentes que me escribía a diario. Dejé que me besará la segunda vez que salimos, pero la verdad besa espantoso y eso sólo me dejó con ganas de dejar de escribirle poco a poco. Empecé a andar con mis amigos de la universidad y me emborrachaba en todas las fiestas que podía, a veces extraño eso. Mierda, era verano y trataba de usar las prendas más pequeñas que podía. Mi celular seguía recibiendo llamadas perdidas de ese extraño sujeto a quién ya no recuerdo y que la verdad no sé ni porqué menciono.  Peter, el amigo de Manuel aún me seguía escribiendo, pero para mí ya era sólo un contacto más. Yo seguía siendo una hoja al viento. Conocí luego a Nicolás, un morenito de Chorrillos que era muy gracioso y con el que compartí algunos ratos interesantes sin sexo, una lástima. El verano de ese año terminó y la verdad no lo disfruté como esperaba, por mis maldito sentimentalismo que me hizo escribirle a aquel sujeto del pasado que no debería mencionar. Salimos un par de veces y nos amábamos por unas horas, dentro de su habitación, como si siempre hubiera sido así. Mi vida seguía haciéndose mierda mientras yo aún era una hoja al viento.

Luego conocí a Ángelo, pobre chico. Ángelo había terminado una relación de 2 años y estaba en proceso de “superar”. Era muy guapo pero yo hacía como que no me importaba. Sinceramente, para mí, todos eran como carne andante que me importa una mierda, pero que igual quiero comer. En el fondo estaba como batallando con una especie de recuerdo estancado, pero por fuera, era la misma Micaela de siempre, la que todos sus amigos buscan y que a veces quieres sólo quedarse en su casa escuchando música, pero eso no importa cuando se trata de la hora de la cacería. Salí un par de veces con Ángelo y creo que a la tercera cita, ya lo tenía en la cama. Tiramos un par de veces más en su casa, cuando sus papás no estaban y luego, como de costumbre, me aburrí de verle la cara. Recuerdo que me rogó que tuviera algo más serio con él, pero mi vida ya está lo suficientemente perdida.


Algunas noches salía con Gabriel, uno de esos viejos amigos que se mueren por ti, pero que nunca les hiciste caso, y que siempre fue un buen tipo. Tenía enamorada, que también era mi amiga, y se les veía muy felices. Salíamos a hablar de la vida y dejaba que me abrace un poco cuando parecía que mencionaba alguna parte poco agradable de mi vida. Es medio tonto y alimentaba mi precioso y valioso ego. Eso en el fondo me gustaba, como también me gustaba su onda “rockera”. Una noche, olvidé que él tenía enamorada y mientras conversábamos en ese parque de mi casa, nos besamos. Ninguno dijo nada, fuimos hasta mi casa y allí, en el pasadizo, nos seguimos besando por un largo rato. Soy una desgraciada, aunque la verdad, no diré que él también lo quería. Sin embargo, la vida se sentía vacía como mis pensamientos dentro de los párrafos anteriores. Gabriel me llamó al día siguiente para decirme que su enamorada se había enterado de lo sucedido cuando leyó los mensajes que nos escribimos durante esos días. Traté de hablar con Gabriel al día siguiente, pero fue inútil. La verdad me sentí un poco culpable, pero ¿qué se puede hacer? Al cabo de unos días lo olvidé, Gabriel fue perdonado y siguió siendo feliz con su enamorada. Yo le escribí un mensaje a la chica y me dijo que no me guardaba rencor, pero claro, ya no somos amigas. Me odia en silencio.

Continuará...



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