viernes, 27 de junio de 2014

Daniel F - Vaticinios de Interludio

Maestro Daniel F.

Jugábamos a crear un universo entero,
a abrazarnos entre la incertidumbre de empezar de cero.
Ven a enseñarme futuros,
tal vez ha llegado el día que baile al compás fugitivo de ser un recuerdo, o tal vez para ella un olvido…

Jugábamos a navegar todo un planeta entero,
a tener las lecturas de guiños y gestos más secretos.
Enséñame lo venidero,
tal vez a llegado el invierno que abrigue mi sombra y que suelte un relámpago ciego y así empezar de nuevo.

Nunca tuvo colores, ni insomnio desprevenido,
una larga centella en la noche y un ebrio furtivo en la calle de la soledad.
Nunca quiso colores,
supo algo de amores,
dio un mordisco a la luna un abrazo a la lluvia y dio
una ojerosa canción.

Teníamos la esperanza de no salir heridos
y encontrar ese naipe que aun hoy en día anda bien escondido.
Oriéntame para el futuro,
que la suerte no este disfrazada y se escape en un barco sediento de prisa y labrando metro a metro una milla en mañana.
 
Nunca tuvo colores
ni insomnio desprevenido,
una larga batalla en la noche y un ebrio vencido aguardando en su soledad…
Nunca quiso colores, supo algo de amores
dio un mordisco a la luna un abrazo a la lluvia y dio
su ojerosa canción.

No importa si en el camino nos perdemos la pista,
porque sé que al final te veré (aunque falle la vista)
no importa si ese destino me sale a buscar,
porque siempre estaré en ese mismo lugar,
porque ya no tengo ningún escondite más,
ningún refugio más,
ni siquiera de amores o en un verso indeciso
en esa ruleta que gira y se vuelca al azar en ese mar
confundido…
No sabrá de colores,
pequeño desconocido...

Ni mordiscos de luna ni manos de ofrenda rezándole al frío
como un desvarío,
en constelaciones que hablan del río, del cielo y del miedo…
De tres estaciones, de heridas abiertas de prisas y penas de
sombras siniestras.
Promesas vencidas, relámpago ciego, de trueno indeciso…
Un canto y sirena, doncella que llama el castillo de viento.
Princesa que  clama un eterno reencuentro en constelaciones de
mar infinito o en un vaticinio.


miércoles, 11 de junio de 2014

SOY EL "ELLO"



El querido Sigmund Freud postuló la existencia de un “aparato psíquico” en el ser humano, que está dividido en tres partes:
1. El ELLO: Es la parte inconsciente y son los deseos más profundos que tenemos, todos nuestros instintos están dentro (sexual, hambre, amar), solo piensa en satisfacer sus propios deseos y está dispuesto a todo para conseguirlo.
2. El YO: Es la parte racional y sensata, intenta satisfacer al ELLO (nuestros deseos)
3. El SUPERYÓ: Se refiere un poco a la moralidad humana y se opone drásticamente al ELLO.

 Reconozco ese fraseo temeroso, ese recurso de palabras menos hirientes, ese intento de vivir un nuevo capítulo fuera de la vieja historia. Lo reconozco. Podríamos fingir diciendo que “es una banalidad” eso de no poder olvidar, pero sinceramente, olvidar es una espina grande clavada en la garganta. El “superyó” intenta no ser dominado por el “ello”, pero, por más que esto suene a intentar ser “bueno”, no deja de ser solo una excusa para no decir la verdad.

 Fingir. Una palabra muy fuerte y complicada para los que hemos decidido continuar adelante, dejar atrás lo que amamos y a la vez estamos obligados a olvidar. Olvidar. Olvidar es literalmente poco posible, pero se puede aprender a seguir adelante consciente de lo que es mejor para cada uno, y a  eso podemos llamar fortaleza. Fortaleza. Creemos carecer de ella  en los primeros tiempos, creemos ser frágiles y nos volvemos “fríos” para así tener una careta y decir que “no nos importan” los sentimentalismos. ¿Acaso hay algo más gracioso qué eso? Para nada. Me limpiaré las manos y culparé al “superyó”.

Mi ex. La palabra resonante en la cabeza, la pelota que rebota sin cesar en nuestra mente, hiriente  y salvaje, la desgastamos todo lo que queremos y no le damos tregua, la prostituimos a nuestros deseos y regresamos a la memoria, una y otra vez, en un incansable vaivén. 

¿Te has puesto a pensar en lo estúpido que te vuelve todo eso? La respuesta podría ser: Claro que no.
Yo no podría decir que no he hecho todo lo escrito arriba, de hecho he pasado un largo tiempo en medio de ese dilema: “¿Deberíamos volver?”(El Ello y el Superyó en conflicto). Confesaré que en más de una oportunidad he visto los típicos mensajes de: “Te extraño”. Simplemente destructor y seductor. He vivido atrapando en mi cabeza un recuerdo que a pesar de lo mal que se portó, seguí guardando. Es cierto que los sentimientos nos vuelven ciegos, olvidadizos y todas esas demás excusas que tenemos, entre ellas la clásica frase que nos persigue: “Pero l@ amo”. 

Yo sí que fui perseguido por esa frase durante un tiempo impensable y aunque salí con otras personas durante ese proceso, debo confesar que no olvidé. La primera vez que besé a una chica después de aquella “ex”, tuve un pensamiento algo así como: “Ya no la quiero tanto”. Falso. La segunda vez, seguí pensando lo mismo y lo mismo las siguientes veces, pero antes que arrojen la primera piedra, espero que tengan en cuenta que ninguno está libre de una situación igual. 

Soy un experto en intentar olvidar, y se puede decir que seguí todos los pasos que se deben seguir, aunque la volví a ver unas cuantas veces más, y sí, lo disfrutaba mucho. Mis amigos me decían que si tanto nos “extrañábamos”, entonces debíamos volver, pero, la confianza es algo que no se recupera fácilmente. Cuándo la persona que amas te falla, ya no puedes hacer nada. Lo intentamos mil veces, pero nunca funcionó, y yo lo intenté, en serio lo hice, pero, si te daña una vez ¿Qué te asegura que no lo volverá a hacer? Como dice aquella frase: “Si me engañas una vez la culpa es tuya, pero, si me engañas dos la culpa es mía”. Tuve que aprender a seguir con eso, con sus mensajes, con sus llamadas “equivocadas”, con sus indirectas. Porque no decirlo, ella también me quiso y quizás en el fondo me extrañó tanto como yo a ella, pero cada uno hace su camino. Claro que planeamos un futuro juntos, un boda, un felices por siempre y hacernos viejos juntos, no en vano compartí casi dos años con ella. Dos años. Recuerdo que me cantaba canciones al oído y que solía enojarse por algunos de mis chistes pesados, me apoyaba, me consolaba y me hizo sentir el ser más amado del planeta, y algo parecido a eso no se encuentra todos los días debajo de una piedra. 

A pesar de todo eso, yo decidí olvidarla. (El Superyó puso contra las cuerdas al Ello)

Sé muy bien lo que es el desamor y por eso lo reconozco en la gente con la que hablo, lo veo en sus palabras, en su actitud, en su andar, es algo que no se deja esconder ni con toda la frialdad del mundo. Yo sé cómo es “eso”. Por más que digas no, a veces ese “no” es un “sí”. Lo único que se ve horrible y que siempre evité, fue jugar con las personas, eso es hacer pagar al otro un delito ajeno, eso no cuenta ni como venganza, ni como “buena acción”, ni como nada. En mi defensa, nunca jugué con nadie. Soy un bonachón y ese es mi delito más grave quizás, no puedo evitarlo.

Estaba acostumbrado a dejar que el YO satisfaga al Ello, pero a veces es mejor dejar al Superyó hacer su buena acción, después de todo debemos aprender a aceptar las cosas que son mejores, ninguna persona que te hace sufrir vale la pena aunque intentes verlo por cualquier cara de la moneda. Lo que no ayuda, simplemente ESTORBA.

Hay alguien. Todo este tiempo hubo alguien. Quizás más fuerte. Pero, lo triste es que ese alguien se quedó en los primeros párrafos de esta publicación.  




lunes, 9 de junio de 2014

LOS DESPRECIADOS

He caminado mucho rato bajo la lluvia y estaba exhausto, además de mojado por cada centímetro del cuerpo, y lo sé, a juzgar por mi apariencia, cualquier persona en su sano juicio habría objetado que ya hacía falta que mi piel se reconciliara con el glorioso placer de estar “limpio”. Mis pies pedían a gritos que me detenga por un momento, pero era demasiado pronto, aún no lograba divisar un refugio apropiado y aunque hubiera estado cerca del pueblo, las personas no me habrían invitado a pasar la noche frente a sus chimeneas, y lo sé, juzgarán mi apariencia antes de si quiera pensar en una respuesta, pero ya está, no me importa, al fin y al cabo no quiero ser parte de ninguna conversación frente a la chimenea de esas personas, solo soy un hombre buscando un refugio, pero no el suyo. Caminé un poco más e intenté acurrucarme bajo un árbol, como hacen algunos animales, pero es en vano, tengo tanto frío que no me explico cómo pueden ellos resistir esto. No lo pensé dos veces y me levanté sin darle tregua a mis sollozantes pies que ya no quieren obedecerme. He de desvanecerme, he de ahogarme quizás y morir. No. Mejor vivir un día más, quizás mañana sea un mejor día y pueda ver mi vida cambiar, no lo sé. La lluvia de este lugar no me deja ver nada más allá de los cabellos largos que me cuelgan entre los ojos. Finalmente en un intento por dar otro paso, caigo al suelo. La incesante arenga de las gotas de lluvia azotaba mi espalda y el resto de mi cuerpo boca abajo contra el pasto. ¿Qué más da? Seré otro vagabundo muerto en una noche de tormenta y nadie me recordará, no tengo familia, nadie conocerá mi nombre, mi existencia se borrará de este mundo y quedaré atado al olvido. Alce la mirada al frente en un intento de despedida de esta noche, y un trueno encendió mi visión por unos segundos y justo delante de mí había una fantasmal casa que se tiño de blanco, como una señal, un milagro del cielo.

Tome las fuerzas que no me quedaban y en un intento desesperado, temblando hasta el alma, corrí descalzo entre el pasto y pude llegar hasta las gradas de madera que daba a la entrada principal. Allí noté que no parecía habitada, pero aun así llamé a la puerta, aunque desde un principio supe que nadie contestaría. Intenté abrir la puerta, pero estaba sellada o algo parecido, así que decidí probar suerte con una ventana que estaba cerca y al primer empujón se abrió de par en par. Trepé un pie y en un segundo estaba dentro de aquella oscura casa, pero la oscuridad ya no me era desconocida, aunque no conseguía ver casi nada, era un lugar, por mucho, más cálido que el exterior. Traté de caminar sobre el piso de madera chirriante y conseguí ver algo que parecía una habitación, llena de telarañas y seguramente muchos otros insectos que ahora eran mis compañeros en aquella casa que nos albergaba. ¡Bendito sea Dios! ¿Qué tan probable es llegar a una casa aparentemente abandonada y que encuentres una cama con sábanas? Pues, puede que no hayan sido recién lavadas, pero, si tuviera que hablar de mi apariencia, diría que probablemente estaban más limpias que yo. Lo sé, no soy bueno defendiéndome, pero prefiero ser sincero. Ya no me quedan muchas cosas, así que prefiero tener la sinceridad como una de las pocas pertenencias que cargo conmigo.  Me quité la ropa, vieja, húmeda y me metí bajo las sábanas de esa vieja cama, que dejaba escapar algo de polvo cuando me movía, pero, sin embargo era lo mejor que me pasaba en mucho tiempo.

Creo que he despertado muy tarde, y no lo digo porque tenga conocimiento de la hora, pero siento que he dormido mucho, y si no fuera por la luz del día, aunque gris, es luz de día que me ha despertado, allí tibio bajo aquellas sábanas de un tono amarillento y grisáceo, en esa habitación con cuadros de personas envueltos en polvo y moho, olvidados quizás, personas que vaya a saber si estarán vivas o si han sido, en vano, atrapados para siempre en esos marcos de madera, con la única finalidad de tener una excusa para dejarlos olvidados en algún lugar. No parecía una casa digna de ser olvidada, aunque en su actual condición, fácilmente se podría escapar y no querer volverla a ver, pero, vamos, ya les comente sobre mi deplorable apariencia, y sería un cara dura si me atreviese a juzgarla por su suciedad. Me envolví en las sabanas y caminé sobre el piso chirriante que me condujo hasta el espacioso salón con unos cuantos sillones gastados y comidos por el tiempo y los insectos, compañeros míos en esta extraña y olvidada casa de estilo particularmente exquisito para mi gusto, casi puedo imaginar el tipo de gente elegante que la habitaba en sus tiempos de pulcritud, ahora, ya no es mucho, pero es suficiente para un vagabundo como yo. En una esquina del salón, bajo una manta polvorienta y verdosa, yacía lo que parecía ser un piano. Me acerqué y al descubrirlo encontré un ser moribundo que pedía a gritos un poco de cuidado y unos dedos dispuestos a hacerlo cantar, pero, lo siento amigo mío, solo soy un vagabundo, y lo que tu significas, podría ser mi ruina y el regreso a mi memoria de algún tiempo, en alguna vida de la que ahora soy ajeno, en la que solía tocar el piano en la radio, solía ser llamado pianista, pero ahora soy llamado menos que basura. Lo siento. No podía seguir en aquella escena, así que lo devolví a su manto polvoriento. Me rasque un poco la larga barja. Vaya, está muy larga, ya ni recuerdo como era mi rostro sin barba. Hay una escalera en espiral cerca, pero francamente, se ve tan vieja que dude un poco de si era buena idea subir por ella, pero finalmente lo hice. Arriba encontré más habitaciones, llenas de suciedad, un poco triste, al parecer hubo niños aquí, y lo digo por los juguetes de soldaditos y las hojas tiradas con dibujos casi deformes de animales y personas. Decidí acomodar algunas cosas, algo allí me devolvía a la mente alguna época de mi vida de la que yo ahora me siento ajeno. Es mejor, solo a veces, no recordar o simplemente pretender olvidar el pasado.

He sacudido un poco las cosas de esta casa, pero he dejado las telarañas y evité matar a tanto insectos como pude. Después de todo, no quería ser yo aquel que los desprendiera de su hogar, no después que ahora somos compañeros. El día ha ido avanzando y mis necesidades primordiales patean mi estómago y me envuelven en una desesperación interna. ¿Qué puedo comer? Pasé un momento pensando en lo que podía comer, sin tener en cuenta que no traía ni una sola moneda en mi bolsillo desde hace mucho tiempo. No puedo quedarme aquí a esperar que la comida caiga con la lluvia. Corté como pude un poco de la manta que cubría y piano y con algunos otros retazos de los sillones pude hacerme unos “zapatos”, modestamente llamados así, claro, no es cuero pero a veces, solo a veces, “poco” es mejor que “nada”. Salí por la ventana, ya que aún no he tenido éxito con la puerta y caminé fuera, tratando de recordar dónde fue la última vez que vi un sembrío o un árbol con alguna fruta. A lo lejos se oían perros, así que me oculté, pero un rato después ya habían desaparecido los sonidos. Caminé un poco hasta llegar a una granja, y estaba considerando muy seriamente entrar y robar algunos vegetales, pero no era tan fácil cruzar la cerca sin que nadie notara mi presencia invasora, así que me decidí regresar al camino. Anduve sin suerte, hasta que encontré un campo de vegetales. Observe un instante a mi alrededor y no parecía estar nadie cerca, así que tomé cuanto pude, que no era mucho, ciertamente no podía llevar mucho en las manos, pero era suficiente para saciarme, aunque sinceramente no tenía idea de lo que estaba cogiendo. A lo lejos oí un disparo que me hizo correr como atleta. ¡Dios! ¿Eso iba para mí? No lo sé, pero solo corrí y no miré para atrás hasta que estuve bien lejos. Cansado, me detuve a mirar para atrás y no vi a nadie. De hecho, lo pensé bien y analizándolo, no sonaba a un disparo que haya estado cerca de mí. Intenté olvidar el espantoso momento y seguí mi camino a lo que ahora podía llamar, “mi hogar”.  Estaba por salir de entre los frondosos árboles que apartaban el pueblo de la casa que era mi refugio, cuando de pronto vi corriendo a una mujer rubia con una niña a la que casi arrastraba. Me quedé parado allí, extrañado, expectante sin mover ni un musculo. Vi que la mujer subió por las escaleras de madera de la entrada y viendo por la ventana, la abrió de un empujón y metió a la niña dentro. Casi pude ver que le besaba la frente y cerrando las ventanas, la mujer salió huyendo del lugar. ¿Qué pasa aquí? ¿Esto es real? Me pregunté sin hacer un solo ruido. De pronto escuche nuevamente a los perros que ladraban, y vi a unos hombre armados que corrían con ellos. Me tiré entre los arbustos en un intento de ocultarme, y los pude observar señalando en dirección a donde se había ido aquella mujer. Traté de entender que era una persecución, pero no pude entender que hacía una mujer con una niña escapando de esos tipos. Rápidamente se alejaron entre los árboles que rodeaban la casa y un minuto de silencio invadió la escena, hasta que un disparo quebró mi paz y deduje que algo malo había pasado. Me quede sin hacer ruido por un momento, allí tirado entre los arbustos, no entendía si esto era real o si era producto del hambre que aún no había saciado. Observé a mí alrededor y no veía a nadie acercarse o algo que no sea el viento azotando los árboles. Me Levante del suelo y camine hasta la casa. Dejé los vegetales en la entrada y por un segundo, quise no saber lo que iba a encontrar dentro de la casa, quise que todo hubiera sido producto del hambre. Pero sabía muy bien que todo había ocurrido realmente. Abrí la ventana y justo allí, bajo mi mirada, estaba sentada la niña, con los brazos cruzados como si quisiera protegerse del frío, apoyando el mentón en las rodillas. –Hola- Dije y ella giró la cabeza hacia mí pero no dijo nada, solo hizo un ademán de temor que se reflejaban en sus ojos marrones, muy claros que lloraban en esa cara rosada. – No, no voy a lastimarte… - Dije intentando no asustarla, pero, sinceramente suena a lo que todo villano diría a su víctima antes de asesinarla. La niña traía una tela celeste sobre la cabeza que le cubría el cabello y que casi le daba una apariencia de niño, de no ser porque tenía puesto un vestido, pude haberla confundido. Se alejó de su posición inicial y se colocó justo en frente mío. Claramente me teme y no hace falta preguntárselo. –Hey, ¿Cómo te llamas?- Le pregunté, pero ella seguía con el mismo ademán. – ¿Tienes hambre?- Pregunte casi al mismo tiempo que recogía los vegetales y se los mostraba –Tengo algunas cosas que quizá te puedan gustar- Pero, era en vano ella no me iba a decir nada. Me di por vencido luego de algunos intentos y decidí entrar. Ella se apartaba de mí lo más que podía y bueno, no la culpo, pues ya saben lo de mi apariencia andrajosa. He dejado algunos vegetales esperando que ella quiera comer, pero no ha dicho ni una palabra. Salí un momento a recoger ramas secas que puedan servir como fuego para intentar encender la vieja chimenea y al regresar vi que se había comido algunos vegetales y simplemente sonreí. Estuve largo rato intentando hacer fuego, pero soy muy malo para eso, así que cuando casi estaba por anochecer, logré encender la chimenea.- ¡Victoria! ¡Lo he conseguido! – Dije, mientras hice un intento de baile que extrañamente provoco una risa de la niña. –Lo sabía, sabía que podías hacer sonidos con la boca- Dije y la niña se puso seria otra vez. –Vamos, di algo, sé que en algún  momento te cansarás de estar tan silenciosa- Pero fue en vano otra vez, ella solo no dijo nada. Intenté hacer nuevamente mi baile para que riera, pero no hacía más que voltear la mirada a cualquier otro lugar. El fuego se hacía más tenue y yo empecé a tararear una canción que había oído en el pueblo, una de esas canciones que tocan en las fiestas a donde asiste la gente con sus familias, y bailan las parejas, y todos pueden pretender ser más felices de lo que son por una noche. Perdí mi mirada en el fuego que flameaba como una multitud de  bailarines y pensé en aquella vida que quiero olvidar. De pronto desperté de mi sueño flameante y giré la mirada al rincón donde estaba la niña. Exhausta se había quedado dormida en el suelo. Fui hasta la habitación con la única cama de la casa, y sacudí un poco el polvo. Levanté a la niña del piso, la puse sobre la cama y la cubrí con la sábana que había usado la noche de la tormenta. Soy un tonto. Le di mi único lugar cómodo a esa niña de la que no sabía nada, solo que su madre la había dejado aquí por escapar de unos tipos. Y bueno, quizás ella lo estaba pasando peor que yo. Quizás le di la cama en un intento de consolarla. Regresé al salón y traté de acurrucarme en uno de los sillones viejos, mientras veía las últimas llamas apagarse, me quedé dormido.

A la mañana siguiente, parece que el día está un poco más cálido y he ido a ver a la niña a la habitación, pero para mi sorpresa, ya no estaba. -¿A dónde se fue?- Pensé y escuche unos pasos en el piso de arriba. Subí con mucho cuidado las escaleras y en una de las habitaciones la encontré sentada en el suelo, jugando con unos soldaditos de plomo que había alineado y que parecían querer atacar al elefante de peluche tuerto y a la muñeca de poco cabello. –Niña, me asustaste, creí que te habías perdido- Le dije cruzando los brazos. De inmediato se alejó un poco de mí. –Ya te dije que no te haré daño- Dije poniendo los ojos en blanco – Si quisiera hacerlo, lo habría hecho mientras dormías, ¿No lo crees?- Ella siguió sin hablar. La he observado y no parece una niña “normal” desde el punto de vista de la gente “normal”, quizás podría obviar el hecho de que no le agrade mi presencia, puesto que me veo espantoso y poco confiable, pero, también está el asunto de que a veces juega con los soldaditos de plomo y prefiere hacer a la muñeca como la villana, eso es raro en una niña. Al menos puedo decir que ha encontrado en el elefante de peluche tuerto a un compañero de abrazos, al que carga a todas partes. No parece tener más de once o doce años a lo mucho y aparenta ser de una familia de buena posición. Sin embargo, si fuera de una familia adinerada, eso no explicaría el porqué de la persecución.
He vuelto a aquel lugar del otro día y he recogido más vegetales. En el camino, encontré una gallina y sin pensarlo dos veces la he atrapado. Me ha costado mucho, pero la atrapé. La metí dentro de la casa junto con los vegetales. Le di un poco a la niña y ella me miraba pero ahora parecía no temerme como al principio. – Te diré mi nombre si me dices el tuyo – Me dijo y yo me quedé estupefacto. –Te dije que hablarías en algún momento- Dije y ella me miro con un gesto de cansancio.
 – Bueno, francamente no lo he dicho en mucho tiempo y ya casi no suena a un nombre para mí- 
-¿Me lo dirás o no? – Dijo ella cruzando los brazos.
Esta niña es una cascarrabias pensé.
-Bueno, me llamo Frago- Dije finalmente, pero ese nombre me sonaba muy ajeno.
-¿Eso es un nombre verdadero?- Preguntó.
-Tampoco tiene que ser agradable para todos- Objeté – Además, aún no me has dicho tu nombre niña-
-Me llamo Alyona-
-¿Alyona? ¿Y qué clase de nombre es ese?-
-De la clase de nombres que las personas como tú seguramente escuchan en sueños-
¿Qué? Está niña parece un anciano gruñón.
-Bueno, tampoco tiene que ser conocido por todos- Dije intentando no parecer enojado por su comentario de “la gente como tú”.
-Es cierto, pero eres un vagabundo, no creo que conozcas muchas personas-
-Tienes razón. Las personas suelen alejarse de mí, porque… dicen que huelo mal y ando con estos harapos, ya sabes.-
-¿No te molesta que la gente piense eso de ti?- Preguntó.
-Bueno, la gente siempre habla por lo que ve, y no los puedo juzgar, si yo anduviera todo el tiempo limpio, quizás pensaría lo mismo de otra persona que se vea como me veo ahora.-
-Eso es cierto…- Dijo mirando mi ropa- … te ves sucio y apestoso-
-Gracias- Dije sarcásticamente. – Bueno, tu nombre es muy extraño, ¿No te llaman de alguna otra forma?-
-No, siempre me llaman por mi nombre completo- dijo muy seria.
-Bueno, entonces Alyona, come un poco si quieres ver un día más.-
Giré y traté de acomodar los vegetales sobre uno de los sillones. Bueno, esa niña además de rara, resultó ser gruñona, pero vaya a saber qué cosas habrá pasado para llegar hasta aquí, no puedo ni imaginarlo.


Alyona me ayudó a meter a la gallina en una habitación y me dio la gran idea de no matarla y dejarla vivir para que nos diera huevos, así que ella se ocupa de cuidarla. Además de eso algunas veces me ayuda a recoger vegetales y sabe encender la chimenea con mucha más facilidad que yo. Algunas noches se la pasa hablando de los libros que ha leído, con una emoción impensable en una niña de su edad por temas tan complicados, de un  tal Sartre y de su idea sobre el ser del hombre y el ser de la cosas, que según ella son "elementales en la sapiencia universal de la humanidad". Francamente no le entiendo nada, pero me agrada la idea de tener alguien con quien conversar. Un día me dijo que estaba muy sucia y que necesitaba lavarse -pero aquí no hay agua más de la que consigo en el pueblo- le dije. No iba a quedarse tranquila hasta que consiguiera su baño, así que nos encaminamos hasta un lago cercano y allí se ha descubierto la cabeza y ha dejado ver su cabello castaño muy claro y bueno yo me he tenido que esperar a que ella se termine de lavar. Además de vagabundo ahora soy guardaespaldas. Pero, bueno, ha conseguido que yo también me lave un poco. Esta niña quiere convertirme en una especie de hombre “normal”. No sé, aunque esto parezca verse bien, no dejo de preguntarme cual fue el motivo por el que escapaba aquel día, y peor aún, si esos hombre la estaban buscando a ella también. No lo sé.