viernes, 17 de enero de 2014

SOLO


A veces, cuando no tengo nada que hacer, salgo a caminar, a respirar un poco, a escapar de mi escondite por un rato, a ver las historias que hay guardadas en los rostros de la gente y aunque no es mucho uno siempre suele encontrar algo interesante por lo que escribir. A veces me pregunto a ¿dónde vamos? , poco original creo, ya que todos se preguntan lo mismo en algún momento, como cuando tu relación de dos años se está yendo al diablo y te haces esa pregunta, o cuando te das cuenta que el mundo no es solo tu ciudad y que afuera en otros lugares hay gente muriendo de hambre y en guerras, lugares en dónde hay gente con sueños, sueños que mueren con ellos, esperanzas que se apagan con la noche. Tengo una pregunta también, sobre eso de ¿A dónde vamos?  Hay cerca de mi casa un hombre, pintor, no los que pintan cuadros, sino los que pintan casas, interiores, y sencillamente es su forma de ganarse la vida. Este hombre de mediana estatura vestido de camisa y pantalón de vestir que habla con dificultad, al que siempre veo caminar solo, y que una vez se sentaba a conversar con mi madre en la bodega de mi calle, y le contaba sobre lo solo que se sentía, sobre que su familia estaba en Cajamarca y que él vivía solo aquí. Han pasado muchos años y aún sigue caminando solo. A veces cuando salgo a caminar o a comprar con mi hermana, lo vemos caminando, viendo a todos lados, como un perro buscando donde esconderse, a donde encontrar un amigo, alguien a quien contarle lo solo que esta. A veces me pregunto a dónde quiere ir él, me pregunto si algún día se cansara de estar solo y regresará a Cajamarca, me pregunto si sueña con enamorarse, con encontrar a una buena mujer que sepa amarlo y que acabe con su soledad, alguien a quien poder llevar a cenar, alguien con quien compartir los fines de semana en lugar de pararse en una “hamburguesería” a comprar un sándwich, solo para tener una excusa de conversar por unos minutos con la cocinera y así quizás iniciar una amistad que pueda repetir los fines de semana cuando se siente tan solo. A veces le tengo lastima pero luego pienso que eso está mal y entonces prefiero creer que tiene a alguien especial y que ella está ocupada en los momentos cuando lo veo solo, aunque sería realmente triste vivir así, solo. No sé, tal vez me interesé en la historia de este tipo porque en el fondo creo que todos, especialmente yo, pasamos periodos en los que nos sentimos solos, por más que tengamos la mejor compañía del mundo, por más que nos hablen de muchas cosas, siempre tendremos ese pedazo de soledad que es tan necesaria y tan devastadora a veces, que nos hace encontrarnos con nuestro verdadera parte, nuestra verdadera cara, ¿nunca lo has intentado? ¿Nunca te encerraste en tu habitación? Es una necesidad, un descanso momentaneo del alma.


miércoles, 15 de enero de 2014

CUANDO TÚ ME AMABAS

Esto es algo breve. Estaba divagando y me topé con esto:



Cuando tú me amabas
nunca tuve días grises,
la melancolía no tenía estas raíces,
era más sensato el corazón y el vino sabia mejor.

Y esa tarde blanca
cuando me besaste
Dios fue mi mejor amigo
y lo sigue siendo aunque tú no estés conmigo,
solo tardes negras tengo hoy
debe ser que Dios esta con vos.

Si algún día apareces
voy a procurar hacerle caso a la decencia,
no te extrañes si ha cambiado un poco mi apariencia
desacostumbrarme a tu sabor
me dejo secuelas corazón.

Si no te apareces
voy a prometerme
conocer a otra persona
y que no me deje recaer
si en esta historia
llego a tropezarme con tu luz
en los libros y algún autobús.

Cuando tú me amabas
la melancolía ni pasaba por aquí
siempre me buscabas
me necesitabas
y hoy está más cerca
Buenos Aires de Madrid.


martes, 7 de enero de 2014

PARA IRNOS LEJOS (Primera)

Prohibidas son la mayoría de historias que realmente valen la pena leer a veces, rebosando de pensamientos impuros, de lisura y amores intensos que no los lleva el viento.

Yo, no suelo mencionar una historia a la que procuro recordar en mis días soleados, no suelo mencionar a esa amiga mía, a ese espejo de una libertad que escapaba a fumar por el malecón sin preocupación del tiempo. Su nombre, simplemente Mita, bella de ojos marrones y cabello castaño con una piel que podía describir sus horas en el mar, sus labios perfectos volvían su sonrisa eterna y su mirada te hubiera embelesado si la hubieras visto.  

 En muchas vidas pude haberla esperado, pero la encontré una mañana, la mañana del primer día de clases en la escuela de Artes. Un azar del destino nos colocó en el mismo grupo de alumnos que se habían postulado ese año, llevábamos todas las clases juntos, valla que eso sí era suerte. 


Recuerdo que llegué tarde aquel día (un mal hábito con el que aun estoy lidiando) y me senté al final del salón, no veía ninguna cara conocida, hasta que gire la cabeza y, para mi sorpresa, sentada a mi izquierda estaba Rose, una amiga que conocí un año atrás en uno de esos grupos de hippies que andan por la calle vendiendo pulseras y fumando porros, bueno tampoco diré que a ella la conocí inmersa en un mundo de drogas, pero es del tipo de chica que le gusta tomarse sus copas escuchando” Janis Joplin” o “Pink Floyd”, algo muy diferente a lo que ahora llaman “diversión”. Sonreí un poco, mientras que le decía lo sorprendido que me había dejado encontrarla ahí. Estaba hablando cuando, con un golpe en las pupilas, la vi, sentada a dos mesas de la mía, un cabello entre lacio y bucles precedían su perfil y sus ojos profundos, sonriendo a la chica que estaba a su lado, giró un poco la cabeza y sin dejar de sonreír me miró por unos dos segundos. ¡Dios! Fue una especie de magia antigua, un hechizo palpitante que sacudió mi esencia. Nada pasó aquel día, para mi pesar, yo soy un tipo tímido, que finge saber mucho y hablar como si fuera un profeta de salvación, pero todo claro, siempre ha surgido de una trampa de mi camino.

  No me atreví a hablarle hasta la tercera clase, cuando ella llegó tarde. Tenía abierta una camisa roja, sus jeans blancos y una especie de sudadera sin mangas, un estilo que la hacía ver tan guapa. Ella se veía perdida, se sentó a mi lado y yo no sabía dónde rayos hundir mi cara, pedía por favor desaparecer, pero ella acercó su rostro a mí y yo la vi en todo su trayecto, mientras que me preguntaba - ¿Jérome verdad?- dijo – eh… sí y ¿tú eres?- Cómo si no lo supiera –Me llamo Mita, ¿Sabes qué tenemos que hacer?- Bueno, no es precisamente como cualquiera espera que empiece, pero en hora buena que así fue. – Tenemos que dibujar las botellas, teniendo en cuenta la dimensión proporcional de cada una de ellas- Le dije. Lo sé, a ella también le sonó a chino y lo hizo notar frunciendo el ceño. Me pase casi toda la clase mostrándole como hacer el dibujo, una tarea muy sencilla, pero a la vez divertida. Tome su mano un par de veces para guiar su trazo a través de la superficie de su bitácora y para mi funcionó como una primera cita. 

Después de aquel día nos hicimos algo más que compañeros, quizás no amigos, porque eso es algo muy avanzado, pero al menos tenía su cuenta de Facebook. Recuerdo que entre a su muro un día en la cafetería, junto con mis otros compañeros y vi que publicaba canciones, bandas que a mi también me gustaban. “Nacieron para estar juntos” dijo Alonso, el flaco de cabello alborotado y gafas oscuras extrañamente grandes, “son el uno para el otro” y frases al respecto corrían por la boca de los presentes. 

Estaba sentado en la entrada de mi clase de "Historía del Arte", llegue tarde y el profesor ya había cerrado la puerta. No había estado allí por más de cinco minutos cuando apareció Mita. – Estas retándome en tardanzas eh- Me dijo con una sonrisa, de esas que no puedes dejar de ver. – Tampoco es algo de lo que me gustaría alardear-  dije, tratando de parecer un poco interesante, pero sin éxito. –Yo estoy segura que ese calvo amargado no abrirá la puerta- dijo recargándose en el muro. – ¿Y qué tienes en mente?- Pregunte cruzando los brazos.- ¿Me acompañas a la calle a fumar un poco?- dijo sacando una cajetilla de cigarros y yo acepte. Nos sentamos en el borde de una vereda y mientras yo encendía el cigarro, ella ponía la canción “Feel Love my generation” en su celular. –Esa canción me encanta- me dijo, mientras se ponía sus lentes oscuros y soltaba el humo como si quisiera enviarlo a todas partes. – ¿Es tu banda favorita?- Pregunté. – Casi, mi banda favorita es Cultura Profética- dijo sonriendo y dejándome ver mi reflejo en sus lentes. – Es una gran banda, también me gusta oírla- dije y ella me miro de reojo – Pareces más del tipo que escucha baladas, un romántico empedernido- Mis ojos dejaron el parpadeo y no pude evitar sonreír. – Es cierto, también me gustan las canciones románticas, aunque soy más del rock, tampoco me creas tan fresa- dije y solo atiné a soltar el humo.  Se puso de pie y cogiendo su bolso, me dijo – ¡Vámonos de aquí!-  Recorrimos juntos unas calles, repletas de sol y viento que ondeaban su cabello mientras me contaba un poco sobre su vida, sus padres italianos, su padre vivía en EE UU y ella se había quedado aquí con sus hermanos Gaetana y Giacomo (una historia muy de película holliwoodense), ella sentía una admiración por este último que después de terminar su carrera de Derecho, tomó una mochila, la lleno de cosas y se marchó a recorrer el Perú ya hace casi dos años.

 También me habló sobre sus relajados amigos, uno que siempre los “salvaba” cuando querían fumar hierba, que eran todos unos vagos, inservibles para todo lo que no tenga que ver con tragos, chistes, locuras y fiestas sin control. Yo le hable un poco de mí, sobre mi terrible relación con mi padre, le conté que asistía a una iglesia aunque no me consideraba lo que llaman un “santo”, tampoco era un pecador , un bueno jugando a ser malo de vez en cuando y viceversa, sobre mis amigos y las locuras que no pasaban de escapar de los policías por andar drogados en los parques gritando y riendo, le conté también de la vez que me dejaron el ojo morado (en mi defensa diré que fue a traición)  en el colegio y de que tenía algunas “malas amistades” que al verme herido, hicieron vigilia cada tarde esperando a que el pendenciero que me golpeo saliera del colegio. Un grupo de nueve lo persiguieron tres veces, la cuarta vez su madre tuvo que sacarlo del colegio, la quinta el pobre me pidió perdón y tuve que hablar con ellos para decirles que ya había aprendido la lección que gracias por su apoyo, que eran unos grandes amigos y que pronto les caería con unas “chelas” para mostrar mi gratitud, bueno, no soy el tipo de personas que cumplen todas sus promesas, y no por que no quiera, sino porque el destino se encarga de hacerme quedar mal.

 Cada vez que escuchaba una de mis estúpidas historias, agregándole un énfasis, ella se reía de lo que decía, creo que pensaba que era un chiste, no lo sé a ciencia cierta, pero sé que después de ese día que caminamos juntos hasta el malecón de Miraflores y nos olvidamos por completo de la clase a la que habíamos faltado, las cosas entre nosotros cambiaron. Compramos unas bolsitas de chifles, galletas y unas gaseosas en uno de esos quioscos de periódico, nos acercamos a ver el mar y ella tuvo la gran idea de bajar a la playa, algo que de lo que no estaba seguro, pero esa sonrisa, Dios, esa sonrisa me hizo despertar cuando ya estaba sentado en la arena viéndola sacar una botella pequeña de su bolso. -¿Qué es? – pregunte casi con toda la inocencia que no sabía que tenía. –Pos, es tequila "huey"- dijo improvisando un acento mexicano que le sonaba algo ridículo. Destapo la botella, y la alzo en sus labios, perfectos, y bebió un gran trago en seco. - ¿Quieres un poco? – dijo mirando el cielo y acercándome la botellita. ¿Por qué no? Pensé – Pues para eso bajamos- dije imitando su acción con la botella. De hecho, si hay algo que no soporto, es más de tres tragos de tequila, pero eso no  contaba tomarlo de golpe y sin mezcla.

A pesar de todo lo que detestaba el calor quemando mi garganta, ella estaba ahí, bebiendo conmigo, sintiendo el viento en nuestras caras, escuchando el golpetear de la olas una y otra vez, oliendo ese fresco aroma a sal. –Sabes, un día cuando termine lo que mis padres quieren que haga, tomaré mis cosas y me iré a recorrer el Perú como mi hermano, y quién sabe, hasta pueda que el resto del mundo- me dijo ella mirando el cielo. – Pues, ciertamente suena interesante la idea de irse de aquí y dejar ya toda esta bola de mierda- dije yo con la cara al cielo y la cabeza en alguna galaxia pero con los ojos puestos en ella. –Si te animas, podrías unirte a mi grupo, podríamos viajar y así tendrás nuevas historias graciosas para contar, apuesto a que eres un éxito con las chicas- dijo ella mientras que solo atiné a sonreír. Fumamos un par de cigarros, hundiendo los pies descalzos en la arena, ella, apoyó su cabeza en mi hombro y vimos el sol hundirse en lo profundo del mar hasta no dejar rastro. Volteé la mirada por un segundo para verla y ella me vio de reojo, se llevó el cigarro a los labios, aspiró y soltó el humo en mi cara. –Tranquilo parroquiano, no soy buena para ti, las torres no se construyen en un día- me dijo sonriendo. Lo gracioso de esa frase es que tarde unos días en comprenderla por completo.  

Cuando nos fuimos de la playa ella mencionó que vivía en Chorrillos, y yo vivía en el límite de Barranco, exactamente a quince minutos en bicicleta. De pronto quedamos en salir a pasear en bicicleta, hacer ensayos de lo que sería nuestro viaje alrededor del país, cada tarde, al  menos dos veces por semana, con un destino incierto, fijado por ella, siempre decidía ella, y yo solo la seguía. Cuando el sol estaba por meterse, tirábamos las bicicletas, encendíamos los cigarros y veíamos el sol ocultándose, a veces detrás de las casas, a veces detrás de los edificios, a veces sentados en el borde de un puente, mirando el sol como si fuera la última tarde. Francamente lo disfrutaba tanto y  a la vez me sentía un gran imbécil por estar clavado por ella.

Una tarde se me ocurrió la mejor idea hasta ese momento creo yo. Subí a mi habitación y busque en un cajón de mi armario en donde pongo cosas viejas que en algún momento me servirán. Sabía que lo había dejado ahí. Revolví todo por unos momentos, hasta que por fin di con aquel recipiente de vidrio. Tomé un papel y escribí una nota que pegué en el recipiente, lo metí en mi mochila y me fui a su casa.

Llegué a su casa, dejé mi bicicleta en la entrada y antes de disponerme a abrir escuche a su madre gritando, preguntándole que hacía con su vida, que no planeara irse así de pronto como Giacomo, y yo no sabía si tocar o irme y realmente estaba considerando una opción, cuando la puerta se abrió y apareció Mita con los ojos llorosos – Valla, hasta que apareciste- me dijo intentando cubrir sus lágrimas con una sonrisa. Aquel día me dijo que solo quería ir a la playa que no quería manejar y que la llevara en mi bicicleta. Durante todo el camino no habló, solo se quedaba mirando hacia abajo, hacia la superficie de la pista que parecía solo líneas siendo arrastradas hacia atrás, yo no dije nada incluso cuando llegamos y tiré mi bicicleta en la arena, ella se acercó con sus ojos apagados, su sonrisa perfecta no estaba y sus lágrimas apagaban el atardecer cayendo sobre la arena y dejando su esencia sollozando. No dije nada, solo la abrace y ella se acurruco en mi pecho para apretar los dientes e intentar ser más fuerte pero sus lágrimas caían sobre mí y su espíritu libre se apretaba al desconsuelo. Mis pensamientos rebotaban en mi cabeza y de pronto recordé el recipiente de vidrio. Lo saqué de mi mochila. Ella se limpió un poco los ojos, hermosos. - ¿Qué es? – preguntó sujetando mi camiseta con una mano. Giré el envase, metí una moneda y le mostré el papel que tenía pegado y en el que había escrito con tinta negra la frase: “Para irnos lejos”.