Prohibidas son la mayoría de
historias que realmente valen la pena leer a veces, rebosando de pensamientos
impuros, de lisura y amores intensos que no los lleva el viento.
Yo,
no suelo mencionar una historia a la que procuro recordar en mis días soleados,
no suelo mencionar a esa amiga mía, a ese espejo de una libertad que escapaba a
fumar por el malecón sin preocupación del tiempo. Su nombre, simplemente Mita, bella de ojos marrones y cabello castaño con una piel que podía
describir sus horas en el mar, sus labios perfectos volvían su sonrisa eterna y
su mirada te hubiera embelesado si la hubieras visto.
En muchas vidas pude haberla esperado, pero la encontré una mañana, la mañana del primer día de clases en la escuela de Artes. Un azar del destino nos colocó en el mismo grupo de alumnos que se habían postulado ese año, llevábamos todas las clases juntos, valla que eso sí era suerte.
Recuerdo
que llegué tarde aquel día (un mal hábito con el que aun estoy lidiando) y me
senté al final del salón, no veía ninguna cara conocida, hasta que gire la
cabeza y, para mi sorpresa, sentada a mi izquierda estaba Rose, una amiga que
conocí un año atrás en uno de esos grupos de hippies que andan por la calle vendiendo
pulseras y fumando porros, bueno tampoco diré que a ella la conocí inmersa en
un mundo de drogas, pero es del tipo de chica que le gusta tomarse sus copas
escuchando” Janis Joplin” o “Pink Floyd”, algo muy diferente a lo que ahora
llaman “diversión”. Sonreí un poco, mientras que le decía lo sorprendido que me
había dejado encontrarla ahí. Estaba hablando cuando, con un golpe en las
pupilas, la vi, sentada a dos mesas de la mía, un cabello entre lacio y bucles
precedían su perfil y sus ojos profundos, sonriendo a la chica que estaba a su
lado, giró un poco la cabeza y sin dejar de sonreír me miró por unos dos
segundos. ¡Dios! Fue una especie de magia antigua, un hechizo palpitante que
sacudió mi esencia. Nada pasó aquel día, para mi pesar, yo soy un tipo tímido,
que finge saber mucho y hablar como si fuera un profeta de salvación, pero todo
claro, siempre ha surgido de una trampa de mi camino.
No me atreví a hablarle hasta la tercera clase, cuando ella llegó tarde. Tenía
abierta una camisa roja, sus jeans blancos y una especie de sudadera sin
mangas, un estilo que la hacía ver tan guapa. Ella se veía perdida, se sentó a
mi lado y yo no sabía dónde rayos hundir mi cara, pedía por favor desaparecer,
pero ella acercó su rostro a mí y yo la vi en todo su trayecto, mientras que me
preguntaba - ¿Jérome verdad?- dijo – eh… sí y ¿tú eres?- Cómo si no lo
supiera –Me llamo Mita, ¿Sabes qué tenemos que hacer?- Bueno, no es
precisamente como cualquiera espera que empiece, pero en hora buena que así
fue. – Tenemos que dibujar las botellas, teniendo en cuenta la dimensión
proporcional de cada una de ellas- Le dije. Lo sé, a ella también le sonó a
chino y lo hizo notar frunciendo el ceño. Me pase casi toda la clase
mostrándole como hacer el dibujo, una tarea muy sencilla, pero a la vez
divertida. Tome su mano un par de veces para guiar su trazo a través de la
superficie de su bitácora y para mi funcionó como una primera cita.
Después
de aquel día nos hicimos algo más que compañeros, quizás no amigos, porque eso
es algo muy avanzado, pero al menos tenía su cuenta de Facebook. Recuerdo que entre a su muro un día en la cafetería,
junto con mis otros compañeros y vi que publicaba canciones, bandas que a mi también me gustaban. “Nacieron para estar juntos” dijo Alonso, el flaco de
cabello alborotado y gafas oscuras extrañamente grandes, “son el uno para el otro” y
frases al respecto corrían por la boca de los presentes.
Estaba
sentado en la entrada de mi clase de "Historía del Arte", llegue tarde y el profesor ya
había cerrado la puerta. No había estado allí por más de cinco minutos cuando
apareció Mita. – Estas retándome en tardanzas eh- Me dijo con una sonrisa, de
esas que no puedes dejar de ver. – Tampoco es algo de lo que me gustaría
alardear- dije, tratando de parecer un poco interesante, pero sin éxito.
–Yo estoy segura que ese calvo amargado no abrirá la puerta- dijo recargándose
en el muro. – ¿Y qué tienes en mente?- Pregunte cruzando los brazos.- ¿Me
acompañas a la calle a fumar un poco?- dijo sacando una cajetilla de cigarros y
yo acepte. Nos sentamos en el borde de una vereda y mientras yo encendía el
cigarro, ella ponía la canción “Feel Love my generation” en su celular. –Esa
canción me encanta- me dijo, mientras se ponía sus lentes oscuros y soltaba el
humo como si quisiera enviarlo a todas partes. – ¿Es tu banda favorita?-
Pregunté. – Casi, mi banda favorita es Cultura Profética- dijo sonriendo y
dejándome ver mi reflejo en sus lentes. – Es una gran banda, también me gusta
oírla- dije y ella me miro de reojo – Pareces más del tipo que escucha baladas,
un romántico empedernido- Mis ojos dejaron el parpadeo y no pude evitar
sonreír. – Es cierto, también me gustan las canciones románticas, aunque soy
más del rock, tampoco me creas tan fresa- dije y solo atiné a soltar el
humo. Se puso de pie y cogiendo su bolso, me dijo – ¡Vámonos de
aquí!- Recorrimos juntos unas calles, repletas de sol y viento que
ondeaban su cabello mientras me contaba un poco sobre su vida, sus padres
italianos, su padre vivía en EE UU y ella se había quedado aquí con sus
hermanos Gaetana y Giacomo (una historia muy de película holliwoodense), ella sentía una admiración por este último que
después de terminar su carrera de Derecho, tomó una mochila, la lleno de cosas
y se marchó a recorrer el Perú ya hace casi dos años.
También
me habló sobre sus relajados amigos, uno que siempre los “salvaba” cuando
querían fumar hierba, que eran todos unos vagos, inservibles para todo lo que
no tenga que ver con tragos, chistes, locuras y fiestas sin control. Yo le
hable un poco de mí, sobre mi terrible relación con mi padre, le conté que
asistía a una iglesia aunque no me consideraba lo que llaman un “santo”, tampoco era un pecador , un bueno jugando a ser malo de vez en cuando y
viceversa, sobre mis amigos y las locuras que no pasaban de escapar de los
policías por andar drogados en los parques gritando y riendo, le conté también
de la vez que me dejaron el ojo morado (en mi defensa diré que fue a
traición) en el colegio y de que tenía algunas “malas amistades” que al
verme herido, hicieron vigilia cada tarde esperando a que el pendenciero que me
golpeo saliera del colegio. Un grupo de nueve lo persiguieron tres veces, la
cuarta vez su madre tuvo que sacarlo del colegio, la quinta el pobre me pidió
perdón y tuve que hablar con ellos para decirles que ya había aprendido la
lección que gracias por su apoyo, que eran unos grandes amigos y que pronto les
caería con unas “chelas” para mostrar mi gratitud, bueno, no soy el tipo de
personas que cumplen todas sus promesas, y no por que no quiera, sino porque el
destino se encarga de hacerme quedar mal.
Cada
vez que escuchaba una de mis estúpidas historias, agregándole un énfasis, ella
se reía de lo que decía, creo que pensaba que era un chiste, no lo sé a ciencia
cierta, pero sé que después de ese día que caminamos juntos hasta el malecón de
Miraflores y nos olvidamos por completo de la clase a la que habíamos faltado,
las cosas entre nosotros cambiaron. Compramos unas bolsitas de chifles,
galletas y unas gaseosas en uno de esos quioscos de periódico, nos acercamos a
ver el mar y ella tuvo la gran idea de bajar a la playa, algo que de lo que no
estaba seguro, pero esa sonrisa, Dios, esa sonrisa me hizo despertar cuando ya
estaba sentado en la arena viéndola sacar una botella pequeña de su bolso.
-¿Qué es? – pregunte casi con toda la inocencia que no sabía que tenía. –Pos,
es tequila "huey"- dijo improvisando un acento mexicano que le sonaba algo ridículo. Destapo la botella, y la alzo en sus labios, perfectos, y bebió un
gran trago en seco. - ¿Quieres un poco? – dijo mirando el cielo y acercándome
la botellita. ¿Por qué no? Pensé – Pues para eso bajamos- dije imitando su
acción con la botella. De hecho, si hay algo que no soporto, es más de tres
tragos de tequila, pero eso no contaba tomarlo de golpe y sin mezcla.
A
pesar de todo lo que detestaba el calor quemando mi garganta, ella estaba ahí,
bebiendo conmigo, sintiendo el viento en nuestras caras, escuchando el
golpetear de la olas una y otra vez, oliendo ese fresco aroma a sal. –Sabes, un
día cuando termine lo que mis padres quieren que haga, tomaré mis cosas y me
iré a recorrer el Perú como mi hermano, y quién sabe, hasta pueda que el resto del mundo- me dijo ella mirando el cielo. – Pues,
ciertamente suena interesante la idea de irse de aquí y dejar ya toda esta bola
de mierda- dije yo con la cara al cielo y la cabeza en alguna galaxia pero con los ojos puestos en ella. –Si te
animas, podrías unirte a mi grupo, podríamos viajar y así tendrás nuevas
historias graciosas para contar, apuesto a que eres un éxito con las chicas-
dijo ella mientras que solo atiné a sonreír. Fumamos un par de cigarros,
hundiendo los pies descalzos en la arena, ella, apoyó su cabeza en mi
hombro y vimos el sol hundirse en lo profundo del mar hasta no dejar rastro.
Volteé la mirada por un segundo para verla y ella me vio de reojo, se llevó el
cigarro a los labios, aspiró y soltó el humo en mi cara. –Tranquilo
parroquiano, no soy buena para ti, las torres no se construyen en un día- me dijo sonriendo. Lo
gracioso de esa frase es que tarde unos días en comprenderla por
completo.
Cuando
nos fuimos de la playa ella mencionó que vivía en Chorrillos, y yo vivía en el límite de Barranco, exactamente a quince minutos en bicicleta. De pronto quedamos en
salir a pasear en bicicleta, hacer ensayos de lo que sería nuestro viaje
alrededor del país, cada tarde, al menos dos veces por semana, con un destino
incierto, fijado por ella, siempre decidía ella, y yo solo la seguía. Cuando el
sol estaba por meterse, tirábamos las bicicletas, encendíamos los cigarros y
veíamos el sol ocultándose, a veces detrás de las casas, a veces detrás de los
edificios, a veces sentados en el borde de un puente, mirando el sol como si
fuera la última tarde. Francamente lo disfrutaba tanto y a la vez me
sentía un gran imbécil por estar clavado por ella.
Una tarde se me ocurrió la mejor idea hasta ese momento creo yo. Subí a mi habitación y busque en un cajón de mi armario en donde pongo cosas viejas que en algún momento me servirán. Sabía que lo había dejado ahí. Revolví todo por unos momentos, hasta que por fin di con aquel recipiente de vidrio. Tomé un papel y escribí una nota que pegué en el recipiente, lo metí en mi mochila y me fui a su casa.
Llegué
a su casa, dejé mi bicicleta en la entrada y antes de disponerme a abrir
escuche a su madre gritando, preguntándole que hacía con su vida, que no planeara
irse así de pronto como Giacomo, y yo no sabía si tocar o irme y realmente
estaba considerando una opción, cuando la puerta se abrió y apareció Mita con
los ojos llorosos – Valla, hasta que apareciste- me dijo intentando cubrir sus
lágrimas con una sonrisa. Aquel día me dijo que solo quería ir a la playa que
no quería manejar y que la llevara en mi bicicleta. Durante todo el camino no
habló, solo se quedaba mirando hacia abajo, hacia la superficie de la pista que
parecía solo líneas siendo arrastradas hacia atrás, yo no dije nada incluso
cuando llegamos y tiré mi bicicleta en la arena, ella se acercó con sus ojos
apagados, su sonrisa perfecta no estaba y sus lágrimas apagaban el atardecer
cayendo sobre la arena y dejando su esencia sollozando. No dije nada, solo la
abrace y ella se acurruco en mi pecho para apretar los dientes e intentar ser
más fuerte pero sus lágrimas caían sobre mí y su espíritu libre se apretaba al
desconsuelo. Mis pensamientos rebotaban en mi cabeza y de pronto recordé el
recipiente de vidrio. Lo saqué de mi mochila. Ella se limpió un poco los ojos,
hermosos. - ¿Qué es? – preguntó sujetando mi camiseta con una mano. Giré el
envase, metí una moneda y le mostré el papel que tenía pegado y en el que había
escrito con tinta negra la frase: “Para irnos lejos”.

Que linda historiaaaaaaaa!
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